¿Qué guarda una maleta además de objetos?
Hay una pregunta que me acompaña desde que salí de mi pueblo: ¿qué es realmente lo que uno se lleva cuando decide irse?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta estaba frente a mis ojos: ropa, zapatos, documentos, algunas fotografías y las cosas necesarias para empezar de nuevo. Pero con los años entendí que una maleta nunca carga solamente objetos. Carga, contiene y sostiene la vida que uno no está dispuesto a soltar.
Migrar para mí, ha sido descubrir que el peso de una maleta nunca depende de los kilos que marca. Hay maletas ligeras que resultan imposibles de cargar, porque adentro viajan las despedidas, los abrazos que no alcanzaron, la casa que quedó atrás, el olor de la cocina de mí hogar, las calles donde aprendimos a caminar, el paisaje que nos enseñó a nombrar el mundo y ese aire que susurra nuestros nombres.
Cuando uno migra, no cambia únicamente de ciudad, también cambia la manera de habitar el cuerpo y de percibir al mundo. De repente todo parece nuevo: las calles, el clima, los tiempos, las personas. Uno aprende a vivir entre la emoción de comenzar algo distinto y la nostalgia de aquello que ya no está viviendo. Entonces entiende que el verdadero cambio ocurre por dentro. Y es allí donde la maleta cobra otro sentido.
Porque no solo guarda lo que necesitamos para vivir, sino aquello que necesitamos para no olvidarnos de quiénes somos. Hay objetos que cualquiera podría considerar insignificantes. Una camisa vieja, una foto, un anillo, un libro, un peluche, una piedra recogida antes de partir, una manotada de tierra envuelta en una bolsa o un delantal de pato. Sin embargo, para quienes partimos, esas cosas dejan de ser objetos. Se convierten en pequeños refugios, son la prueba de que existe ese lugar al que pertenecemos, del que venimos.
Con el tiempo descubrí que la maleta también cambia.
Las ruedas se desgastan de tanto andar, aparecen etiquetas de lugares distintos, los bolsillos comienzan a llenarse de nuevas historias, entran personas que antes no conocíamos, palabras que nunca habíamos dicho, costumbres que poco a poco hacemos nuestras. Sin darnos cuenta, el territorio empieza a expandirse.
Migrar también es eso: entender que no dejamos de pertenecer al lugar de donde venimos, pero que poco a poco aprendemos a pertenecer a otros lugares sin dejar de ser nosotros.
Por eso creo que una maleta nunca termina de desempacarse, siempre queda algo adentro. No porque se nos olvidado sacarlo, sino porque hay recuerdos que necesitan seguir viajando con nosotros. Son ellos los que nos recuerdan de dónde venimos cuando el presente parece querer borrarlo todo, cuando la vida parece querer arrastrar con lo poco de nosotros, derrumbarnos como las aguas de aquel rio que se llevaban los barrancos.
Hoy entiendo que mi maleta no guarda únicamente mis pertenencias, guarda mi origen, mi historia.
Guarda el acento con el que crecí, las historias que escuché en mi infancia, las personas que hicieron posible mi camino, los gestos que heredé y las ausencias que aprendí a habitar. Guarda el territorio que sigo llevando conmigo, incluso cuando mis pies pisan otras tierras. Tal vez por eso nunca vuelvo a cerrar una maleta de la misma manera, porque cada viaje me transforma.
Y cada vez descubro que, aunque cambie de ciudad, de casa o de paisaje, hay algo que siempre viaja conmigo, la certeza de que migrar no es abandonar una vida, es aprender a cargarla mientras construimos otra.
Sebastián Paredes 24 de julio 2026
