Límites por naturaleza se combaten con su fuerza
Por Angélica Rodríguez Vargas
Los mundos se crean en las historias que circulan, en los objetos que usamos y en las prácticas que compartimos con otros. Donna Haraway utiliza el concepto de simpoiesis para sostener que ningún ser se constituye de manera aislada: en la creación de mundos y de nosotros mismos intervienen bacterias, bosques, ríos, animales, máquinas, infraestructuras y prácticas de pensamiento. En este sentido, las historias que circulan determinan qué vidas importan y qué futuros pueden ser concebibles. Por su parte, Arturo Escobar propone preguntarse qué mundos se están creando, a través de qué prácticas y con qué consecuencias para sus habitantes, sean humanos o no humanos.
Diversas prácticas de creación abordan esta problemática. La xenoficción, la terolingüística y la fabulación especulativa sitúan en el centro a protagonistas no humanos, narrando desde sus propios puntos de vista e intentando, mediante un esfuerzo extrahumano, no antropomorfizarlos dentro de las convenciones de verosimilitud de la literatura. Estas propuestas se enmarcan en ficciones de lo posible, más que de lo imposible. Asimismo, desde búsquedas no antropocéntricas, estas narrativas recuerdan formas de comunidad, coexistencia, supervivencia y solidaridad entre especies que han existido desde hace mucho tiempo.
Sin embargo, la dificultad del lenguaje humano para narrar desde la perspectiva de un trueno, un jaguar o una piedra continúa siendo la limitación que desencadena la pregunta por otras existencias y sus formas de vida particulares. Esta encrucijada remite a uno de los aforismos más citados del Tractatus de Wittgenstein: los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
La limitación de la mente humana es la mente humana misma: aquello con lo que se conoce y el alcance de lo que se puede conocer constituyen una misma cosa. De allí se deriva la imposibilidad real de hablar enteramente por otros; no obstante, a partir de este punto se abren interrogantes especulativos que alimentan la imaginación salvaje en la creación de mundos donde caben los otros-que-humanos.
De dónde viene el límite
Naturaleza por un lado, cultura por el otro. En esta división tradicional del pensamiento moderno, se otorgó al ser humano el falso privilegio de ser el único capaz de nombrar, decidir y proyectar futuros. En contraposición, los demás animales, plantas, ríos y territorios quedaron recluidos al otro lado de la frontera, transformados en meros objetos de estudio.
Dicho reparto sobrevive en forma de supuestos tácitos sobre quién posee el conocimiento legítimo, qué cuenta como prueba científica o qué seres pueden manifestar un punto de vista. Estas premisas determinan qué elementos se incluyen o excluyen de los mundos reales e imaginados, condicionando los futuros materiales y decidiendo quién tiene derecho a vivir y quién debe morir. La ciencia ficción se ha nutrido con frecuencia de estos marcos apocalípticos o salvíficos, proyectando visiones de remotos paraísos extraterrestres alejados de nuestras catástrofes. Así, el límite de lo imaginable, la mente humana, decide quién figura como un sujeto que conoce y quién queda relegado a la condición de algo conocido o desconocido: un territorio más por colonizar.
Desde finales del siglo XX, el poshumanismo ha profundizado en estas reflexiones. Rosi Braidotti explica que el ser humano universal formulado por el humanismo europeo era, en realidad, un modelo específico: el del varón blanco, propietario y sano, utilizado como medida para clasificar a todos los demás seres, incluidos otros colectivos humanos. Este mismo paradigma es el que predomina en gran parte de la ciencia ficción tradicional, tal como señala Ursula K. Le Guin en su Teoría de la bolsa de ficción. Se trata de relatos centrados en cazadores, asesinos y hazañas épicas cuya estructura adopta la forma de una flecha o una lanza: historias que parten de un punto y avanzan en línea recta hasta impactar en un blanco que cae muerto.
Si lo que se dice y lo que se crea se constituyen mutuamente, explorar otras prácticas de pensamiento podría iluminar otras relaciones en otros relatos. Como sugiere la propia Le Guin en Utopiyin, Utopyang:
Mi conjetura es que el tipo de pensamiento que, por fin, estamos empezando a desarrollar ―sobre cómo cambiar los objetivos de dominación masculina y crecimiento ilimitado por los de adaptabilidad humana y supervivencia a largo plazo― implica un desplazamiento del yang al yin, y por lo tanto supone aceptar la impermanencia y la imperfección, una paciencia frente a la incertidumbre y lo precario, una amistad con el agua, la oscuridad y la tierra (Traducción de Paula Fleisner, 2026, en ‘Queremos tanto a Ursula’).
En el ámbito editorial y artístico, estas formas de vida, materialidades, tecnologías y culturas pueden entrelazarse libremente sin la fractura tajante entre naturaleza y cultura.
Un límite poroso
Un límite no es necesariamente una barrera inquebrantable. Charles Sanders Peirce concibió el universo como un proceso continuo e ilustró esta idea con un esquema: una superficie dividida en una región roja y otra azul. ¿De qué color es la línea que las separa? En torno a cualquiera de sus puntos, la superficie es en parte roja y en parte azul, de manera que la línea pertenece simultáneamente a ambas regiones. Un límite así es una propiedad interna de aquello que divide.
Peirce extendió esta perspectiva a la totalidad de lo existente, comprendiendo el tiempo, la mente y la materia. Para el semiólogo, estos elementos corresponden a grados de un mismo proceso continuo, donde la materia no es más que mente cuyos hábitos se han vuelto lo suficientemente rígidos como para funcionar como leyes físicas. Una misma entidad, observada desde fuera, se manifiesta como materia; observada desde dentro, en su cualidad inmediata, se experimenta como conciencia. Cada conciencia constituye así un foco dentro de un campo compartido de sentimientos, pensamientos y acciones.
En este marco, los cambios ocurren de forma gradual. Aunque la mente humana se halla limitada por lo que conoce, participa activamente en un proceso amplio que la excede: el límite es también un camino de paso.
No existen cortes absolutos entre lo animado y lo inerte, el sentimiento y el sentido. Robin Wall Kimmerer denomina gramática de la animacidad al hecho de que en el potawatomi, su lengua ancestral, los sustantivos y verbos distinguen formalmente lo animado de lo inanimado. En este idioma, las rocas, las montañas, el agua, el fuego y los lugares pertenecen a la categoría de lo animado. Estas marcas gramaticales transforman profundamente la percepción sobre quiénes son los agentes que actúan en el mundo.
Pensar en alianza con un jaguar, por ejemplo, implicaría intentar comprender qué consume, cómo percibe, con quién cohabita, a qué ritmo se desplaza y qué condiciones requiere para seguir existiendo. Traducir sus modos de expresión sin proyectar intenciones, culpas o emociones humanas, y permitir que otra forma de vida organice el relato, el sonido, la imagen o el objeto en creación, equivale a configurar un mundo posible en el que la existencia del jaguar sea posible.
El desafío creativo consiste en reconocer el lugar que ocupan la imposibilidad, el límite y la apertura a lo posible. Queda por definir la escala del futuro al que aspiran estas prácticas creativas: un porvenir que dé cabida a multiplicidad de seres y de horizontes de sentido. Cabe preguntarse cuántos de esos seres lograrán ingresar en un futuro imaginado por mentes humanas y qué otras prácticas serán necesarias para complementar aquello que la obra artística o literaria no alcanza a crear en una ceremonia sostenida con los territorios.
Por Angélica Rodríguez Vargas
