Habitar la incertidumbre: Cartografías de la ceguera, etnografía sensorial y el archivo encarnado
«El cuerpo no es sólo carne ni una superficie biológica descartable; es el archivo más vivo, denso e indócil que poseemos. En las coordenadas de la incertidumbre —cuando la vista tambalea o se apaga—, la memoria no se resguarda en el papel ni en la imagen, sino en la vibración, el tacto y la presencia física. Habitar la incertidumbre es, por tanto, desobedecer el mandato ocularcentrista para reaprender a leer el mundo desde la piel y el sensorium encarnado.»
Juan Carlos Montes
1.- Cinco minutos en la penumbra: El olor a carne quemada y el colapso del observador
Hay un umbral donde el mundo que conocemos mediante la vista tambalea de forma irreversible. Cinco minutos. Cinco minutos de una oscuridad repentina e ininterrumpida bastan para destrozar la arquitectura perceptiva sobre la que un antropólogo ingenuo como yo, había construido toda su certeza profesional.
Yo estaba despierto mientras me ocurría en la mesa de operaciones, durante una intervención de cirugía en los ojos. El aire del quirófano estaba saturado por un olor seco e inconfundible: el olor a carne quemada mientras el láser moldeaba mi córnea. Y entonces, un pequeño error médico. La luz se apagó de golpe. No fue una penumbra paulatina ni un parpadeo; fue una ceguera total, absoluta y negra. Cinco minutos despierto, con los ojos abiertos hacia la nada, sintiendo el pulso acelerado y el vértigo de no saber qué pasaría conmigo, con mi vida, con mi oficio, con mi mirada.
En mi propia experiencia, este tránsito intempestivo a punto de perder la mirada no operó únicamente como un accidente de la carne o una afección biológica; representó un colapso ontológico que puso en entredicho lo que sabía sobre las bases fundacionales de la etnografía. Desde el trabajo de campo tradicional hasta el registro etnográfico moderno, la mirada ha sido erigida como la vía predilecta y casi exclusiva para acceder al conocimiento sociocultural. La antropología se ha cimentado históricamente sobre la tiranía del ocularcentrismo: observamos, registramos, miramos al “otro” desde la cómoda distancia de un sujeto espectador.
Pero en esos cinco minutos de incertidumbre y angustia, la pregunta brotó con mucha fuerza: ¿qué pasa con el conocimiento cuando la mirada se quiebra? Dudar de la vista se volvió una urgencia metodológica, una grieta por la que el resto de los sentidos reclamaron su lugar.
Esta vivencia autoetnográfica forzó una duda metodológica radical: dudar de la mirada como acceso prioritario al mundo. Nos obliga a cuestionar la distancia aséptica del sujeto observador y revela que la visión, lejos de ser una ventana neutral hacia la realidad, es una tecnología sensorial construida culturalmente. Para reconfigurar la antropología, se vuelve urgente desplazar la vista de su trono hegemónico y explorar el campo con otros órganos, reescribiendo la etnografía desde la autoetnografía y la corporalidad viva.
2.- Dudar de la mirada y desmantelar el sujeto cartesiano. La carne como epistemología
El trauma de la ceguera temporal expone la insuficiencia del pensamiento cartesiano, aquel que dividió al ser entre la res cogitans (la mente abstracta) y la res extensa (el cuerpo-máquina). La medicina tradicional reduce el ojo a un lente defectuoso y la falla quirúrgica a un error técnico en la carne. Sin embargo, en el instante en que la vista falla, el cuerpo entero se activa. En esta formulación, el cuerpo es percibido con sospecha; se le concibe como una máquina o un obstáculo dudosamente riguroso en la percepción de los datos del entorno. Los sentidos —particularmente los táctiles o viscerales— fueron sometidos al cálculo racional, mientras que la vista fue matematizada para sostener la ilusión de un observador distante, incorpóreo y “neutral”.
Al perder la luz en la mesa de operaciones, la mente no flotó de manera independiente; se replegó a los latidos del corazón, a la presión de la cabeza contra la almohadilla, al aire frío del quirófano y al olor a tejido quemado. El cuerpo no es sólo carne pasiva o un simple soporte biológico: es una epistemología viva. Dudar de la mirada nos obliga a abandonar la distancia aparentemente objetiva del investigador para reconocer que no hacemos etnografía sobre los cuerpos, sino desde la carne y el sensorium encarnado.
En ese sentido, resuena con fuerza la premisa de Maurice Merleau-Ponty en su Fenomenología de la percepción: «Yo no estoy delante de mi cuerpo, estoy en mi cuerpo, o mejor, soy mi cuerpo». Aceptar esta provocación fenomenológica implica desmantelar al sujeto cartesiano disociado. La mente no es un fantasma en la máquina; el cuerpo no es una superficie pasiva o un mero lienzo biológico, sino una epistemología viva, el eje y vehículo indivisible de toda percepción y producción de conocimiento.


Personas con ceguera explorando cartografía táctil antes de subir pirámides arqueológicas. Fotografía propia.
Al dudar de la mirada, la práctica antropológica descentra la razón abstracta para reconocer que la investigación no se realiza sobre los cuerpos como objetos observables en su pura carnalidad, sino desde y con los cuerpos socioculturalmente encarnados. Desde mi trabajo con la ceguera y la sordoceguera me he exigido abandonar la seguridad de lo visual para adentrarme en las grietas de la percepción, comprendiendo que el cuerpo no es un artefacto estático, sino una frontera, una interfaz de interacción continua con el entorno.

3.- El archivo más vivo que poseemos: cartografías de la ceguera
¿Dónde se resguarda la memoria cuando la vista se apaga y el pánico acecha? En la piel, en el oído, en la vibración, en el olfato. La ceguera y la sordoceguera no deben entenderse desde la falta o la privación, sino como formas disidentes de habitabilidad y presencia.
Cuando los cinco minutos terminaron y la luz comenzó a filtrarse lentamente de nuevo, la percepción ya no era la misma. El cuerpo había registrado el evento no como un dato plano, sino como un archivo somático. A diferencia de los archivos de papel o digitales —fríos, clasificatorios e institucionales—, el cuerpo es el archivo más vivo que poseemos porque guarda la memoria en:
- El impacto sensorial directo: El recuerdo olfativo del láser sobre la córnea y la temperatura del entorno como marcas indelebles de la vulnerabilidad.
- La escucha profunda y la vibración: La capacidad de leer el espacio a través de la acústica y el eco cuando la imagen desaparece.
- La cartografía del afecto: La piel y el tacto como la primera y última frontera para sostener la existencia en medio de la incertidumbre.
Caminar a ciegas o habitar la penumbra no es vagar en el vacío; es desplegar un mapa táctil, sonoro, olfativo que desafía la velocidad y el consumo visual de la modernidad. A través de la etnografía sensorial y el caminar como método de exploración, el espacio geográfico se traduce en un complejo mapa vibratorio, táctil, olfativo y auditivo. Caminar a ciegas es habitar la incertidumbre; es aprender a escuchar el espacio, a leer los códigos sutiles de las texturas bajo las suelas, la temperatura del viento al cruzar una esquina, la resonancia acústica de los muros, el olor de nuestros múltiples escenarios. La acústica y el tacto no sustituyen deficientemente a la visión: crean un registro del entorno profundamente denso, donde la piel se convierte en el sensorium primario de contacto y frontera.
El mundo no se destruye en la penumbra; se resguarda y reconstruye en la carne. El tacto y la vibración se vuelven contenedores de una memoria histórica y afectiva que desafía el archivo hegemónico del Estado y la velocidad del consumo visual.
4.- El arte y el cuerpo como campo de investigación y resistencia colectiva
Frente a un sistema que mercantiliza la imagen y busca normar los cuerpos para volverlos dóciles, el arte contemporáneo y la autoetnografía emergen como laboratorios de resistencia. El arte no se limita a producir objetos para ser contemplados; es una herramienta crítica para investigar la experiencia humana cuando las certezas se derrumban.
Prácticas artísticas como las de Cindy Sherman (al desmantelar la mirada mediática sobre el cuerpo), Mónica Mayer (al colectivizar el dolor en el espacio público) o Regina José Galindo (al poner la propia carne como testimonio del trauma colectivo) demuestran que el cuerpo es el espacio donde se cruzan la política, la memoria y el afecto.
Habitar la incertidumbre de aquellos cinco minutos en el quirófano transformó una falla médica en una postura ética y metodológica. Desobedecer la dictadura de la vista nos devuelve a la densidad de la piel. Recordamos, finalmente, que el cuerpo no es sólo carne: es el archivo más indócil, dinámico y vivo que poseemos para cartografiar el mundo.
El arte contemporáneo funciona como un contra-dispositivo capaz de hackear las tecnologías del biopoder y de género, desmantelando los mandatos que pretenden disciplinar las corporalidades. Esto se manifiesta cuando las prácticas artísticas proponen “poner el cuerpo total”, convirtiendo la presencia física en un testimonio disidente:

- Desnaturalizar el molde (Cindy Sherman): Mediante el uso del autorretrato escenificado, expone cómo las imágenes mediáticas actúan como tecnologías disciplinarias que imponen patrones de género, demostrando que la identidad no es una esencia biológica, sino una construcción performativa susceptible de ser saboteada.
- Colectivizar el dolor (Mónica Mayer): Dispositivos como El Tendedero sacan el acoso cotidiano al espacio público, fracturando el aislamiento individual e integrando un “cuerpo colectivo” que resiste a la gestión silenciosa del miedo.
- Encarnar la memoria y el trauma (Regina José Galindo): Al inscribir las huellas del conflicto en su propia carne frente a la violencia soberana y la necropolítica, el cuerpo del artista abandona la pasividad para transformarse en un archivo histórico viviente que el Estado no puede borrar ni institucionalizar.
En el cruce entre la antropología del cuerpo y la investigación artística, la autoetnografía nos conduce de la vulnerabilidad biográfica al análisis sociocultural. Aceptamos que habitar la incertidumbre, reparar el silencio y dudar de la vista no son actos de privación, sino gestos de profunda insubordinación epistemológica. Desobedecer el mandato de la vista nos devuelve a la carne, recordándonos que el cuerpo no es nunca un territorio neutral ni un objeto descartable, sino el inicio primario, el mapa sensorial y el archivo más disidente y vivamente encarnado que poseemos.
Bibliografía
Descartes, R. (2011). Meditaciones metafísicas (G. Quintás, Trad.). Alianza Editorial.
Merleau-Ponty, M. (1993). Fenomenología de la percepción (J. Cabanes, Trad.). Planeta-Agostini.
Preciado, P. B. (2002). Manifiesto contra-sexual. Editorial Operina.
Ryle, G. (2005). El concepto de lo mental (E. Rabossi, Trad.). Paidós.
Taylor, D. (2015). El archivo y el repertorio: El cuerpo y la memoria cultural en las Américas (A. M. Rivas, Trad.). Universidad de los Andes / Ediciones Uniandes.
Referencias a artistas
Galindo, R. J. (2003). Quién puede borrar las huellas [Performance]. Ciudad de Guatemala, Guatemala.
Mayer, M. (1978). El Tendedero [Instalación y performance]. Museo de Arte Moderno, Ciudad de México, México.
Sherman, C. (1977–1980). Untitled Film Stills [Serie fotográfica]. Museum of Modern Art, Nueva York, Estados Unidos.
